Diciembre 07 de 2011
Cuando hemos venido hablando de la ortografía, nuestra preocupación principal ha sido la de transmitir con claridad las ideas, con la ayuda de una serie de normas que nos permitan hacer que quien recibe el mensaje lo entienda tal como lo queríamos transmitir desde el comienzo.
¿Qué pasa cuando el destinatario no quiere entender? ¿Qué pasa cuando considera que eso no es para mí?
Recientemente me subí en un vuelo de Bucaramanga a Bogotá. Una vez listo el avión para iniciar el carreteo, dieron el aviso de: “a partir de este momento todos sus equipos electrónicos, incluyendo sus celulares, deben estar apagados para la seguridad del vuelo”. Tan pronto terminó ese mensaje mi vecino de al lado extrajo de su bolsillo su iPhone, lo encendió para revisar si le había llegado algún correo en los últimos 30 segundos durante los cuales lo tuvo apagado. Le dije: “Señor, es mejor que lo apague porque ya dijeron que había que mantenerlo apagado”. Dijo: “Pues sí”. Lo apagó y lo guardó.
Cuando el avión empezó a moverse rumbo hacia la cabecera de la pista, el señor de al lado me mostró a nuestra vecina de la ventana, quien iba chateando en su Blackberry. Entonces le dije: “Señorita: Por favor apague su celular. No vale la pena que usted juegue con la vida de todos”. Sin alegrarle mucho la petición, procedió a apagarlo.
Una vez que el avión despegó, me puse a reflexionar hacia el fenómeno de la “importancia del chat en el celular”. En muchas ocasiones hay personas que son tan atraídas y dominadas por el chat, que cualquier otra cosa se vuelve irrelevante. En una reunión a la que asistí hace unos días, para tratar un tema que parecía muy importante para una comunidad del occidente de Colombia, estaba sentado al lado de la persona central de la reunión, quien se veía muy ocupado enviando y respondiendo mensajes desde su Blackberry. Alcancé a mirar uno de esos importantes mensajes, pues estaba en una gran disputa con alguien acerca de quién quería más al otro. Es decir, estaba chateando con la novia, mientras trataba de mostrar interés en los temas que le estaban presentando. Por mi parte, mientras oía las explicaciones, trataba de reflexionar si es que el chat era tan importante que el resto de la reunión no le preocupaba. O, simplemente se trataba de un efecto hipnótico del chat, o tal vez era una cuestión de ebullición hormonal. Lo que fuera, no le estaba prestando atención a la charla.
Sin embargo, ninguna de esas me preocupó tanto como la de otro vecino de avión, la semana pasada, en un vuelo internacional. En mitad del vuelo sacó de su bolsillo un celular, lo encendió para ver la hora. Rápidamente oprimí el botón para llamar al asistente de vuelo. Enseguida el avión se sacudió, se encendieron las luces del cinturón de seguridad y se detuvo el servicio a bordo. Un rato después vino un asistente de vuelo, me preguntó qué se me ofrecía y le dije que el Sr. acababa de encender un celular. Me miró, me dijo: ¿Ah, sí? E ignoró la situación.
El mismo mensaje que nos dieron en Bucaramanga nos lo habían dado al comienzo de este vuelo, pero con mayor énfasis. Sin embargo, parece que cada vez es más la hipnosis que ejercen los celulares sobre nuestras neuronas, que despreciamos los riesgos que pueda implicar, solamente para estar conectados. No importa qué tan crítico es el mensaje, ni qué tan perfecta sea la ortografía, cuando el interés por el mensaje no existe, como lo demostraron los personajes que he mencionado.
Por Manuel Guerrero
Ingeniero de sistemas con especialización en administración y economía. Ha dedicado su vida a la docencia y a los negocios internacionales. Habla con fluidez español, inglés y japonés. Lo define su amor por nuestro idioma y el deseo de apoyar a los padres, maestros y jóvenes en la buena comunicación y uso del español.
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